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Posts Tagged ‘texto terapeutico’

Hoy os dejo un cuento de la sociopedagoga Inge Wuthe que se puede utilizar en terapia para la comprensión de la función de la tristeza. Algunas veces se utilizan historias o cuentos con función terapéutica para permitir un acceso más simbólico a determinadas experiencias, como el cuento del Elefante encadenado de Jorge Bucay, publicado anteriormente en este blog.
Primero encontraréisis el texto traducido al español y a continuación el texto original en alemán. Espero que os guste y que lo disfrutéis.
traene-gross

Ilustración del cuentro “Die Geschichte der traurigen Traurigkeit”

El cuento de la Tristeza triste

Érase una vez una pequeña mujer que se quedó parada al borde de un camino al lado de una figura en cuclillas. La figura parecía no tener cuerpo, y parecía  una manta vieja de franela con un contorno humano.
La pequeña mujer se inclinó hacia el personaje y le preguntó:

– ¿Quién eres?
Dos ojos cansados y sin luz la miraban.
– ¿Yo?  Yo soy la Tristeza – contestó susurrando con utna vocecilla que la mujer casi ni escuchaba.
– ¡Ah! ¡La Tristeza! – exclamó la pequeña mujer, alegre como si saludara a una vieja conocida.
– ¿Me conoces? – preguntó la Tristeza desconfiada.
– ¡Pues claro que te conozco! Siempre me has acompañado un poco a lo largo de mi camino.
– Si, pero… – sospechaba la Tristeza. – ¿ Entonces? ¿Por qué no huyes de mí? ¿No tienes miedo?
– ¿Por qué tengo que huir de ti? Tú sabes bien como acoger a los que te esquivan. Pero lo que te quería preguntar, pareces – disculpa esta absurda constatación – pareces muy triste.
– ¿Yo? Yo…  estoy triste – contestó la figura con voz desgarrada.
La pequeña vieja se sentó al lado de ella. -Así que, estás triste, ¿eh? – dijo asintiendo con la cabeza. – ¿Quieres contarme lo que te atormenta?
La Tristeza suspiró. ¿De verdad que alguien quería escucharla esta vez? Cuántas veces lo había intentado en vano…
-¡Ay! ¿Sabes? – Empezó dubitativa y sorprendida –  Pues es así de simple, ¡nadie me quiere! Es mi destino ir con las personas y quedarme con ellas, con algunas más, con otras menos. Pero casi todas me tratan como si fuera la peste. Han creado muchos mecanismos para ignorar mi presencia.
– Seguramente tengas razón – dijo la vieja. – Pero cuéntame más.
– Se han inventado frases de escudo con las que poder desterrarme…Me dicen… ¡Tonterías, la vida es bonita! Y sus risas falsas les conducen a tener problemas estomacales y problemas respiratorios… Me dicen…¡Lo que te hace sufrir, te hará más fuerte! Y entonces tienen dolores de corazón… Me dicen… ¡Hay que controlarse! Y entonces sienten los tirones en los hombros y en la espalda. Me dicen…¡Sólo los débiles lloran! Y sus lagrimas contenidas casi les hacen estallar sus cabezas. O si no… utilizan drogas y alcohol para no sentirme.
-¡Oh sí!- Afirmó la vieja. – Personas así también se han cruzado por mi camino. Pero en realidad, quieres ayudarlas con tu presencia, ¿verdad?
La Tristeza se hundió un poco más.
– Sí, eso quiero. Pero sólo puedo ayudarlas si me toleran. ¿Sabes? Cuando intento darles un espacio entre ellas mismas y el mundo, un periodo de tiempo para encontrarse consigo mismas, les quiero construir un nido en el que se pueden dejar caer y curar sus heridas. Quien está triste, es especialmente sensible y se encuentra muy cercano a sí mismo. Este encuentro puede ser doloroso, porque el sufrimiento se desata con el recuerdo y se abre como una herida mal cicatrizada. Pero sólo quien permite el dolor y puede sentirse triste por el sufrimiento, quien siente su niño interior y se permite llorar las lágrimas acumuladas, quien se concede compasión por sus heridas internas, sólo esa persona, entiendes, sólo ella tiene la oportunidad de que su herida se cure de verdad. En vez de eso maquillan sus cicatrices o se vuelven duros con una coraza de amargura.
Ahora, la Tristeza callaba y su llanto era desesperado.
La mujer abrazó a la tristeza consolándola. Qué suave es, pensaba mientras acariciaba a la figura que temblaba.
–Llora, Tristeza, llora – susurraba la mujer cariñosamente. – Descansa para que puedas coger fuerza. Sé que muchas personas hacen como que no existes y te rechazan. Pero también sé que hay personas preparadas para encontrarte. Y creéme, cada vez son más las que entienden que tú les permites salir de sus jaulas interiores. A partir de ahora no volverás a andar sola, te acompañaré en tu camino, para que el desaliento no tenga poder sobre ti.
La Tristeza dejó de llorar. Observó a su compañera extrañada y le preguntó:
– Oye pero y tú,  ¿quién eres ?
-¿Yo? – Dijo la pequeña mujer vieja… – Yo soy la Esperanza.
Die Geschichte der traurigen Traurigkeit
Es war eine kleine alte Frau, die bei der zusammengekauerten Gestalt am Straßenrand stehen blieb. Das heißt, die Gestalt war eher körperlos, erinnerte an eine graue Flanelldecke mit menschlichen Konturen.
“Wer bist du?” fragte die kleine Frau neugierig und bückte sich ein wenig hinunter. Zwei lichtlose Augen blickten müde auf. “Ich … ich bin die Traurigkeit”, flüsterte eine Stimme so leise, dass die kleine Frau Mühe hatte, sie zu verstehen.
“Ach, die Traurigkeit”, rief sie erfreut aus, fast als würde sie eine alte Bekannte begrüßen.
“Kennst du mich denn”, fragte die Traurigkeit misstrauisch.
“Natürlich kenne ich dich”, antwortete die alte Frau, “immer wieder einmal hast du mich ein Stück des Weges begleitet.”
“Ja, aber …” argwöhnte die Traurigkeit, “warum flüchtest du nicht vor mir, hast du denn keine Angst?”
“Oh, warum sollte ich vor dir davonlaufen, meine Liebe? Du weißt doch selber nur zu gut, dass du jeden Flüchtigen einholst und dich so nicht vertreiben lässt. Aber, was ich dich fragen will, du siehst – verzeih diese absurde Feststellung – du siehst so traurig aus?”
“Ich … ich bin traurig”, antwortete die graue Gestalt mit brüchiger Stimme.
Die kleine alte Frau setzte sich jetzt auch an den Straßenrand. “So, traurig bist du”, wiederholte sie und nickte verständnisvoll mit dem Kopf. “Magst du mir erzählen, warum du so bekümmert bist?”
Die Traurigkeit seufzte tief auf. Sollte ihr diesmal wirklich jemand zuhören wollen? Wie oft hatte sie vergebens versucht und …
“Ach, weißt du”, begann sie zögernd und tief verwundert, “es ist so, dass mich offensichtlich niemand mag. Es ist meine Bestimmung, unter die Menschen zu gehen und eine Zeitlang bei ihnen zu verweilen. Bei dem einen mehr, bei dem anderen weniger. Aber fast alle reagieren so, als wäre ich die Pest. Sie haben so viele Mechanismen für sich entwickelt, meine Anwesenheit zu leugnen.”
“Da hast du sicher Recht”, warf die alte Frau ein. “Aber erzähle mir ein wenig davon.”
Die Traurigkeit fuhr fort: “Sie haben Sätze erfunden, an deren Schutzschild ich abprallen soll.
Sie sagen “Papperlapapp – das Leben ist heiter”, und ihr falsches Lachen macht ihnen Magengeschwüre und Atemnot.
Sie sagen “Gelobt sei, was hart macht”, und dann haben sie Herzschmerzen.
Sie sagen “Man muss sich nur zusammenreißen” und spüren das Reißen in den Schultern und im Rücken.
Sie sagen “Weinen ist nur für Schwächlinge”, und die aufgestauten Tränen sprengen fast ihre Köpfe.
Oder aber sie betäuben sich mit Alkohol und Drogen, damit sie mich nicht spüren müssen.”
“Oh ja”, bestätigte die alte Frau, “solche Menschen sind mir oft in meinem Leben begegnet. Aber eigentlich willst du ihnen ja mit deiner Anwesenheit helfen, nicht wahr?”
Die Traurigkeit kroch noch ein wenig mehr in sich zusammen. “Ja, das will ich”, sagte sie schlicht, “aber helfen kann ich nur, wenn die Menschen mich zulassen. Weißt du, indem ich versuche, ihnen ein Stück Raum zu schaffen zwischen sich und der Welt, eine Spanne Zeit, um sich selbst zu begegnen, will ich ihnen ein Nest bauen, in das sie sich fallen lassen können, um ihre Wunden zu pflegen.
Wer traurig ist, ist ganz dünnhäutig und damit nahe bei sich.
Diese Begegnung kann sehr schmerzvoll sein, weil manches Leid durch die Erinnerung wieder aufbricht wie eine schlecht verheilte Wunde. Aber nur, wer den Schmerz zulässt, wer erlebtes Leid betrauern kann, wer das Kind in sich aufspürt und all die verschluckten Tränen leerweinen lässt, wer sich Mitleid für die inneren Verletzungen zugesteht, der, verstehst du, nur der hat die Chance, dass seine Wunden wirklich heilen.
Stattdessen schminken sie sich ein grelles Lachen über die groben Narben. Oder verhärten sich mit einem Panzer aus Bitterkeit.”
Jetzt schwieg die Traurigkeit, und ihr Weinen war tief und verzweifelt.
Die kleine alte Frau nahm die zusammengekauerte Gestalt tröstend in den Arm. “Wie weich und sanft sie sich anfühlt”, dachte sie und streichelte zärtlich das zitternde Bündel. “Weine nur, Traurigkeit”, flüsterte sie liebevoll, “ruh dich aus, damit du wieder Kraft sammeln kannst. Ich weiß, dass dich viele Menschen ablehnen und verleugnen. Aber ich weiß auch, dass schon einige bereit sind für dich. Und glaube mir, es werden immer mehr, die begreifen, dass du ihnen Befreiung ermöglichst aus ihren inneren Gefängnissen. Von nun an werde ich dich begleiten, damit die Mutlosigkeit keine Macht gewinnt.”
Die Traurigkeit hatte aufgehört zu weinen. Sie richtete sich auf und betrachtete verwundert ihre Gefährtin.
“Aber jetzt sage mir, wer bist du eigentlich?”
“Ich”, antwortete die kleine alte Frau und lächelte still. “Ich bin die Hoffnung!”
“Die Geschichte von der traurigen Traurigkeit”, Lucy Körner Verlag.
Inge Wuthe.
 
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